Para una madre, un hijo siempre es un hijo, aunque se haya muerto. Hay hijos que nunca llegan a nacer, por más que sus madres luchan en las clínicas de infertilidad para que puedan existir en este mundo -porque existir, ya existen en el corazón de sus madres-. Muchos sólo vivirán un tiempo en el vientre de sus madres. Hay hijos que aunque nacen, se marchan enseguida. Otros lo hacen cuando son más mayores. Están los hijos que se esperó adoptar durante años y al final nunca llegaron. Hay tantas madres… también las que hubieron de renunciar a criar a sus hijos, o a las que la enfermedad les usurpó la capacidad de engendrar. Madres son también las que tomaron la decisión más difícil, la de interrumpir su embarazo. Siempre son hijos que se pierden. Y todas las madres, cada una a su manera, sentirán el dolor por su pérdida.

La Vida es una cadena infinita de madres y hijos. La fuerza que la mantiene unida es la del amor de la madre. Una madre lo dará todo por su hijo, hasta la vida. Una madre nunca dejará de amar a su hijo, aunque ya no exista, o no llegara a existir en este mundo. Siempre y para siempre un hijo es y será amado como a nada más se puede llegar a amar. Y es en estos casos, en los que la madre pertenece al plano de los que existen aquí y el hijo al de los que no existen aquí, que el amor se expresa en dolor, rabia, llanto y vacío. Es el duelo. Si se llora, si se grita, si el silencio lo inunda todo, si la vida pierde su sentido, es el reflejo del amor por el hijo que no está. Exprésate entonces, amor, en el modo que cada madre necesite hacerlo, porque no hay ninguna forma mejor o peor, ni un tiempo a partir del cual tu desgarro deba dejar de ser penado, ni forma de sentirte que haya de ser considerada anormal por otros.

Madre, sé libre de hacer tu duelo, como sientas que has de hacer. Llena el espacio infinito con tu dolor, dale la forma que necesites, sé plenamente consciente de él, deja que lo arrase todo si así ha de ser, o que se transforme en un silencio oscuro y hueco, hasta que el dolor se agote a sí mismo. Llega un momento en el que el dolor te lleva al fondo, a lo más profundo de la pérdida. Allí está el vacío, y el vacío es frío y quietud. Quédate el tiempo que necesites en él, que nadie te de prisas. Escúchate porque en ti están todas las respuestas. Entonces los ojos se abren a lo que antes estaba velado, y se comprende lo que siempre se supo, la verdad desnuda, la sencillez diáfana de la vida y la muerte.

Madre, tú eres la vida, y lo has sido desde siempre. Permítete ser porque tu cuerpo es sabio, porque desde tiempos antiguos tu mente ya conocía lo que tenía que hacer ahora. Tu espacio y tu tiempo te pertenecen, para sanar la herida, que no te los nieguen. Que no te juzguen, que no te juzgues. Tu duelo es tuyo, y vas a vivirlo. No dejes que nadie te diga lo que debes hacer. Cree en ti. Déjate ser, que la vida desahogue su pena en ti, con tu forma única de hacerlo. Luego llegará el tiempo de regresar, conscientemente, serena, sabia. Entonces seguirás siendo la vida, el amor eterno, y lo sabrás muy bien.

Die drei Lebensalter der Frau, de Gustav Klimt, 1905 (*)

(*) Imagen de dominio público disponible en Wikimedia Commons.


Quiero dedicar este artículo a Natalia, a Carmen y a Mamá tortuga, porque vosotras habéis sido las primeras mamás que habéis dado respuesta a mis palabras. Os estoy tan agradecida.

7 thoughts to “Madre, eres vida

  • Natalia

    Queridísima Laura… amiga de vacío y de amor sin fin, gracias por tu tiempo y por tus bellas palabras, se que mama tortuga las aprecia como yo, porque en esta vorágine de amargura a veces hay que sentarse en el fondo del pozo el tiempo que haga falta para sanar… por eso voy a compartir esta entrada en mi Facebook… quiero que mis amigos entiendan un poco lo que significa este dolor que no se mitiga ni se controla con la mente… solo con el corazón, tendré que esperar a que el mío este listo. Muchas gracias por esta dedicatoria 😘

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  • Laura Shjol

    En mi experiencia personal, y en la que he podido compartir con otras madres en duelo por la muerte de su bebé, es común encontrar una incomprensión ciega al duelo que atraviesa la madre.
    Esta incomprensión puede convertirse en ocasiones en intolerancia, especialmente dolorosa cuando se produce en el círculo familiar cercano: frases como “ya es hora de que salgas del agujero”, “tienes que seguir adelante, no puedes seguir llorando”, “¿es que quieres que me ponga enfermo yo de verte así?”, pueden comenzar a llegar al cabo de un tiempo variable tras la muerte del bebé.
    Adicionalmente, la convención clínica determina que un duelo pasa a ser patológico a partir de un año de duración. También los “expertos” se animan a clasificar qué manifestaciones son “normales” y cuáles no en el duelo perinatal. Qué sabrán ellos… qué sabrá quien no ha sufrido esta pérdida.
    Pocas vivencias en la vida pueden llegar a ser tan terribles como la muerte de un hijo. Y la madre vivirá el duelo en la profundidad de todo su ser. Necesitará mucho apoyo, todo el cariño de quienes le quieren, y cuanto tiempo haga falta para sanar su herida tras un desgarro tan hondo.
    En fin, este artículo trata de dar ánimo a estas madres que se encuentran tan solas e incomprendidas en su desolación. Para que al menos ellas se permitan sentir en total libertad su profundo dolor, puesto que forma parte de la readaptación a una realidad completamente diferente tras la muerte del hijo. Un proceso que requerirá grandes esfuerzos físicos, emocionales, mentales e incluso “espirituales”, y que finalmente conducirá a una transformación.
    De la experiencia más terrible puede surgir, tras el llanto y el vacío, la fortaleza, la serenidad y la sabiduría. Y esta es una capacidad que toda mujer tiene en su interior. Pero se necesita tiempo y mucho apoyo.

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  • Mamá tortuga

    Querida Laura, muchas gracias por tus poéticas palabras, tú ya sabes el gran consuelo que he encontrado en ti desde que te conozco. Tu blog me acompaña cada día porque me ayuda a ir transitando por mi duelo, me hace pensar en mis sentimientos y sentirme acompañada por tu experiencia de varios meses más de dolor.
    Natalia, en mi caso son pocas las personas que han cuestionado mi tiempo de duelo, algunas mujeres mayores de la familia que, con la mejor intención del mundo, te dicen que irás animándote o que debes vivir por tu hijo, pero no he sentido que desautorizaran mi dolor. Tan solo que deseaban que me recuperara, que estuviera mejor, y para ellas eso pasa por olvidar lo que pasó, por no nombrar a mi hija. También es que yo solo he dejado entrar a opinar a los que tengo más cerca, o que mi actitud no da pie a que nadie opine. Uno de los efectos colaterales de mi duelo ha sido un retraimiento social, una tendencia a evitar el contacto con extraños o conocidos, rodeándome solo de los más íntimos. Evito ir a comprar, al centro, a la calle, a cualquier actividad deportiva, no digamos ya lúdica. Me limito a ir al colegio de mi hijo porque no quiero privarle de más ilusiones, que bastante ha tenido ya, pero evito relacionarme con nadie. Con las gafas de sol para no cruzar la mirada con nadie. Una zombi, vaya… Así quién se va a acercar a decirme nada, a cuestionar mi actitud…
    De todas formas, me daría igual lo que me dijeran, me quiero quedar donde estoy, en esta apatía vital, en este “silencio oscuro y hueco” porque es el único sitio donde me puedo encontrar. No cuento con que esto cambie, no quiero recuperar la ilusión, tan solo quiero tener la suficiente calma para poder darle a mi hijo una vida feliz, sin que sea evidente mi amargura. Mi pareja respeta mi duelo, aunque se encuentra en otro punto, pretende ir normalizando la vida, mientras que yo tan solo aspiro a ir rellenando las mañanas, las tardes, las noches, y así, pasar el día.

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  • Laura Shjol

    Sobre el aislamiento buscado que comentas… yo lo viví-vivo parecido. Los dos primeros meses no quería ni podía ver a nadie, bastante tenía con tratar de ir recogiendo mis trozos. Luego, creo que a partir del tercer mes, sentí la necesidad de reunirme con cada uno de los amigos y amigas, quería hablar de mi hijo con ellos. Estaba reclamando el reconocimiento social para mi bebé, porque no lo tuvo, al ser su vida tan cortita y no llegar a ser presentado a mi “tribu”. Después dejé de sentir esta necesidad de contar sobre él, y ahora es al contrario, prefiero no hablar más.
    Ha sido a partir del quinto mes que he empezado a notar las prisas y la intolerancia a mi dolor: “ya es hora de que salgas adelante”. Así que me concentro en tratar de hacer ver a quien así piensa, que he de pasar por el duelo a conciencia, porque lo necesito y porque nada puede haber más importante que un hijo, y por extensión, que su muerte. Así trato de que al menos se me tolere.
    Mi pareja hace el duelo a su manera, que es muy distinta a la mía. Cada uno sobrevive como mejor puede, pero a veces la diferente forma de vivir el duelo de cada uno entra en conflicto con la del otro. Yo trato de darle mucho espacio y tiempo, también que entienda por qué yo no puedo estar mejor a la misma velocidad que él. También aquí he tenido que luchar porque se respete mi duelo, y mi necesidad de expresarlo el tiempo que haya de ser. Claro es, que a él le sirve reincorporarse a la normalidad, lo hizo desde muy pronto. Eso es lo que le ayuda a él. También debió de influir el hecho de que desde el primer momento tomase el papel de protector. Él es el que tira del carro y el que cuida de mi cuando estoy muy mal.
    No estoy bien. Me cuesta concentrarme y mi estado de ánimo no es estable. Vivo en una especie de caos quieto, porque voy sin norte. Eso hace que me quede muy quieta por miedo tropezar y caer. Estoy muy débil y cualquier caída hace que luego pasen semanas hasta que vuelvo a levantarme.
    Desde los primeros días he vivido en un constante esfuerzo por sobrevivir. Cada día me cuesta vivirlo. Al despertar me tengo que decir “Vamos Laura, levántate, tienes que seguir”, cuando en realidad no querría ni siquiera despertar. Trato de llenar el día con actividades que recuperen mi estado físico (estiramientos, caminar). Busco obligarme al contacto social quedando, como si fuese una tarea, con algún amigo o amiga al menos una vez por semana. Intento mantener mi mente activa leyendo y escribiendo. Voy a clases de inglés para obligarme a hacer algo con mi cabeza. Pero todo me cuesta tanto…
    A veces me siento como la teniente Ripley, de la película Alien, que tras la devastación total, muerta de miedo y con el corazón roto, no le queda otra que ponerse las botas y pelear a cada minuto por seguir viva, para que la muerte no le alcance también a ella.

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  • Natalia

    En mi caso he vuelto a la “normalidad” … al trabajo, pero la vida social se ha quedado escasa… casi no me apetece quedar con nadie y no quiero hablar de nada personal, solo vanalidades… alguna vez siento esa necesidad de decir abiertamente que yo no soy la misma, que no lo voy a volver a ser y que jamás seré feliz como lo fui con mis dos hijos en casa… siempre la respuesta es la misma: “no digas eso que Alex necesita verte bien ” y yo pienso; Alex me verá bien, pero yo no seré feliz nunca más…
    La pobre de mi madre por animar me dice: quizá un día Dios te regala más hijos… como si fuera tener un nuevo cromo para el álbum. No sé si tendré más hijos, lo que si se es que no seré feliz.
    Ayer le dije a alguien, mira ahora soy como una moneda, una cara está mal, se quiere morir y si le dieran la opción de irse con Max no dudaría ni medio segundo, la otra cara está “llevando” como puede la vida, luchando sin descanso por la familia y por los hijos… en fin, cada día esa moneda cae de un lado y a veces en el mismo día cae varias veces😘😘😘

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  • Laura Shjol

    Mamás, vosotras mejor que nadie sabéis cada una cómo estáis, y qué estáis sintiendo. Se trata de dejar hacer al duelo su proceso. Para mi está siendo un camino con altibajos, a veces vienen olas de profunda tristeza, que luego se retiran un tiempo. Pero el dolor se ha ido agotando poco a poco, al cabo de los meses. Me queda este vacío tan grande.
    Yo no sé lo que aún me aguarda por vivir, ni siquiera puedo decir que vea ninguna luz al final del túnel. Quizá es aún pronto para mi, pero he de confiar en el testimonio de otras madres como yo, que llegado su momento, sí siguieron viviendo, y volvieron a ser felices, de algún modo. De aquí se sale, aunque sea transformada (y quiero pensar que será una transformación para bien), otras lo han hecho antes que nosotras.
    A mi me ayudó, cuando estaba en la oscuridad más profunda (y aún ahora cuando a veces regreso a ella), leer lo que contaban otras madres que perdieron a sus bebés y cómo después del tiempo que hizo falta, volvieron a querer vivir y a querer disfrutar de la vida:
    “Mi hijo ha muerto”: https://www.heperdidoamibebe.me/articulo/812
    “Batallas que hay que librar cada día”: https://www.heperdidoamibebe.me/articulo/874
    Claro, en nuestro estado (porque para nosotras es temprano), esto parece de ciencia ficción… pero si así lo cuentan ellas, será porque en algún momento así habrá de ser. Entonces decidí tener confianza en mi misma, dejar que mi duelo haga su camino, aunque sea tan oscuro, y ser muy consciente de todo lo que me vaya pasando. Al mismo tiempo decidí también creer en lo que otras madres vivieron, y aferrarme, por pequeñita que fuese, a esa esperanza (aunque a veces se me escurre entre los dedos y me cuesta volver a encontrarla). Es como avanzar a tientas en una noche profunda y desierta, con una lucecita que a penas si ilumina el siguiente paso. Pero al fin y al cabo, ya es luz. Cada cosa a su tiempo, sólo tú sabes cuánto tiempo necesitarás permanecer el fondo, en silencio o llorando, hasta que encuentres tus propias respuestas. Este es el invierno más largo, pero hasta la noche más oscura, también llega a su fin. Luego regresarás.

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  • Mamá tortuga

    Yo no he vuelto a la normalidad laboral, paradójicamente estoy de baja maternal, al menos hasta verano, y si volviera sería ya en septiembre con el próximo curso. Es algo que me parece impensable e imposible, relacionarme con otras personas, realizar una actividad intelectual, seguir un horario, moverme con rapidez, abandonar el estado de zombi…
    Ni veo la luz al final del túnel ni la busco, mi supervivencia está en estado de coma, ni deseo animarme ni tampoco morirme. Si alguna vez fantaseé con la idea de seguir a mi tortuguita y adentrarme en el mar, la descarté por mi hijo, prefiero seguir muerta en vida, vacía, pero presente para él, dándole todo mi amor. Bastantes pérdidas ha tenido ya, crecer sin mí sería insoportable, ni aún en mi imaginación quiero planteármelo. Oriento todo mi amor, el que apenas compartí en vida con mi niña, a su hermano. Cuando me llega esa punzada de dolor por la ausencia de la tortuguita, lo busco a él y lo abrazo y le digo cuanto lo quiero. Siempre creí que el amor de una madre era infinito, se tuvieran los hijos que se tuvieran, y ahora creo que incluso se multiplica, si es que tal operación matemática es posible. Lo que sí que tengo muy claro es que mi hijo me ha salvado la vida. Ahora bien, cuando llegue mi momento, si es que soy consciente, pienso que lo afrontaré con la esperanza y la ilusión de encontrarme con mi niña, pese a mi etapa de descreimiento espiritual.

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