Es cuestión de ir mejorando poco a poco con el tiempo. Ya va siendo hora de que me haga el ánimo. He de esforzarme por salir del agujero. Todas estas son creencias de algunas de las personas que me rodean. En mi caso no dejan de ser eso, creencias, nada más.

No es cierto que el paso del tiempo lo cure todo por el simple hecho de dejarle pasar. De hecho las últimas tres semanas mi estado emocional ha empeorado bastante en comparación con el mes pasado. Tampoco sé cómo se supone que me tengo que «hacer el ánimo». Debe de ser que si ya han pasado cinco meses desde que murió mi hijo, yo ya tendría que estar haciendo vida normal y aparentar estar bien, pero la verdad es que ya no sé ni lo que significa una «vida normal».

Sigo como perpleja y paralizada. Toda mi vida antes de que muriese mi bebé, me he estado moviendo en alguna dirección. Entendía vivir como perseguir un objetivo, y de ahí el siguiente. Mi personalidad se desarrolló en esta forma de ser, con una dirección lineal que me llevaba siempre a alguna parte. Pero ahora ya no tengo ni idea de dónde estoy, ni mucho menos de hacia dónde voy, o ni tan siquiera si significa algo ir en alguna dirección. He perdido el sentido de mi vida.

Cuando murió mi hijo, mi único hijo, perdí lo que yo más quería en la vida, más que a mi misma. Ahora él ya no existe, y ya nada me lo devolverá. Eso significa que ya no hay nada en mi vida presente, ni futura que yo pueda volver a amar del mismo modo en que amé a mi bebé. ¿Qué sentido tiene entonces luchar por llegar a alcanzar nada?, ¿qué significado tiene esta sucesión de días absurdos, hasta el día en que yo también haya de morir finalmente? ninguno.

Con mi hijo, perdí la esperanza. Y resulta que tengo que salir del agujero, según me dicen. Salir del agujero. Como si se pudiese salir de este agujero, cuando todo lo que me rodea, presente y futuro, no es más que un inmenso agujero. Cuando se pierde la esperanza, se pierde todo.

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