Lo que queda después del dolor y de la desesperación es el vacío. No es sólo el vacío por la desaparición de mi hijo y la destrucción de nuestro futuro todos juntos, es que no le encuentro un sentido a la vida. Ahora que ha ido disminuyendo hasta agotarse a sí mismo, me doy cuenta de que ese intenso dolor era lo que me mantenía. Mientras dolía tanto y la desesperación me ahogaba en llanto, luchar por sobrevivir era mi objetivo vital. Ahora que no me quedan más lágrimas, ni me encojo de angustia, ya no sé para qué tengo que seguir caminando, ni hacia dónde.

Durante estos últimos meses he tratado de encontrarle alguna explicación a la muerte de mi bebé. Un significado a su pérdida tan injusta. Ahora ya no me importa el por qué. Sencillamente he aceptado el sinsentido y la devastación de lo que sucedió. Tampoco me importan mucho las secuelas que queden por venir a causa de la herida tan profunda de su muerte. Qué importa ya cualquier cosa.

Hasta ahora, toda mi vida me he movido siempre en alguna dirección, persiguiendo algún objetivo. Pero sucede que ya no deseo nada con tanta fuerza como para luchar por ello, ni le temo a nada lo suficiente como para esforzarme en huir. Me da todo un poco igual. Ya que me toca, sólo me queda vivir por vivir, como un animalito que no se pregunta ningún por qué, ni se mueve por ningún para qué. Pero los animales viven, sienten, y gozan de la vida. Yo no, sólo me mantengo en movimiento, como lo haría un autómata. Creo que a esto los psiquiatras lo llaman anhedonia.

Sólo me queda el presente, porque el futuro para mi ya no es nada, y el pasado parece que sucedió hace mil años. Es un presente muy neutro, porque en realidad no me importa casi nada el resultado de las cosas. Mi reactividad emocional ante lo que sucede es ínfima. La forma en que valoro las cosas, ha cambiado tanto… Muy al principio, cuando quería morirme y marchar con mi hijo, un amigo me dijo que tan sólo tenía que esperar, dejar pasar el tiempo y que la vida ya me iría dando motivos para seguir viviendo. Todavía creo en aquel consejo, sigo esperando con paciencia. Aunque también asumo que al final no suceda nada más que este limbo en el que me he quedado suspendida.

Como «ya han pasado cuatro meses», hay quien me anima a hacer vida del todo normal, porque «eso me ayudaría». Qué más quisiera yo… lo cierto es que sigo con las capacidades mentales bastante mermadas. Me sigue costando mucho concentrarme, me despisto con frecuencia, tengo olvidos idiotas del todo. No sé ni cuantas veces se me ha quemado la comida por distracción en este último mes. Y así tantas cosas. Además está este cansancio tan grande, todo me cuesta un mundo… Hasta ver a los amigos se me hace cuesta arriba. Hace uno o dos meses era lo que más me apetecía, encontrarles, recibir su cariño y apoyo, hablar con ellos de lo que le sucedió a mi bebé. Pero ahora… ya no quiero hablar con nadie, y mucho menos de mi bebé. Sólo busco esconderme, quedarme en casa todo el día, en paz. O dormir, olvidar, soñar.

Me siento muy perdida, sin rumbo ni fuerzas para continuar ¿pero es qué eso en realidad me importa? Es este vacío. Cuando ya no duele tanto, viene el cansancio y la desconexión, y ya no hay ganas de nada. Sólo el silencio y la soledad.


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