«Laski circuló por el puente y salió de la ciudad. Al cruzar las vías del tren que atravesaban el barrio pobre en los límites de la ciudad, sus ojos repararon en una delicada capa de luz, como si un velo translúcido y reluciente cubriera la mañana, y supo que se trataba del espíritu de su hijo, que viajaba con él. Entonces se vio corriendo con su hijo por el campo, saltando viejas vallas rotas. Caminaban hasta el arroyo y se zambullían en él, luego se ponían a bailar, corrían hasta los árboles y trepaban para quedar por encima de la niebla. Laski condujo de vuelta a casa con la cara empapada de lágrimas mientras su espíritu corría con su hijo una carrera por el tiempo para atravesar la mañana del mundo, de un lugar a otro, por ciudades, por el valle precioso. El momento del encuentro fue infinito: tomaron un barco, tomaron un tren, contemplaron las vistas y crecieron juntos. El viaje hasta el bosque pareció durar años y, mientras subía las colinas que llevaban al asentamiento abandonado, Laski sintió que el espíritu de su hijo se extendía en torno a él. Y al extenderse de aquel modo, integrado en todos los árboles, en cualquier nube, notó que iba perdiendo personalidad, sintió que se disolvía en algo remoto, expandido hasta más allá de su propia capacidad de perseguirlo. Ya se va, pensó Laski. Ha madurado y me abandona. Adiós, adiós, se despidió mirando hacia el hermoso cielo del este, donde el sol encandilaba los árboles. El viento te hace libre. Los vientos y el sol te hacen grande. Entonces se terminó y Laski volvió a estar solo, avanzando entre baches por la vieja carretera de curvas que cruzaba el bosque.» p. 51-52

«Solo en la casa oscura en medio del bosque, con una tormenta desatada afuera y la sombra de la muerte dentro, se encogió bajo las mantas. Los espectros se alzaban ante sus ojos cerrados, extraños, amenazantes. Comprobó que su mente se prestaba al juego de los miedos antiguos y, tembloroso, se entregó al sueño, donde se vio fuera de la cabaña, caminando en un bosque onírico. Junto a un árbol vio una figura cubierta con capa y capucha. La figura se volvió hacia él y bajo la capucha vio un cráneo de piedra que le sonreía. La muerte le tendió un bastón y Laski lo tomó en la mano.» p. 60

«La recepcionista entró en una sala que le quedaba detrás y regresó con un camillero que llevaba un paquete pequeño envuelto en lino. Diane, todavía en la silla de ruedas, tendió los brazos con un sollozo en la garganta quebrada. El camillero se quedó desconcertado, sin saber qué hacer. Laski alargó los brazos y cogió aquel paquetito frío, lo acunó en un brazo y sostuvo la maleta de Diane con el otro. Tomaron la rampa de salida hacia la puerta. Bajó la mirada hacia Diane y vio que seguía llorando. -Voy a traer la camioneta hasta la puerta- dijo. Salió por el aparcamiento, aún con el bebé en sus brazos. No notaba el perfil del cuerpo, sólo su escaso peso dentro del envoltorio de lino. Recién salido de una nevera, pensó antes de abrir la camioneta y entrar en ella. Dejó el bebé en el regazo para abrir la caja de pino y meter luego en ella a su hijo, envuelto en su mortaja de lino. Cerró la tapa y le pasó el pestillo. Cuando llegó a la entrada del hospital, la enfermera lo esperaba en la acera. Ayudaron a Diane a levantarse de la silla de ruedas para entrar en el asiento delantero de la camioneta. -La próxima vez tendrás más suerte- dijo la enfermera. Los despidió agitando la mano en el aire y se quedó allí un momento, bajo la marquesina del hospital, y cuando arrancaron se dio media vuelta con la silla de ruedas vacía. -Qué bonita la caja- dijo Diane, ahora con voz tranquila. La caja estaba entre ellos, en el asiento delantero y por un instante Laski olió el dulce perfume de la muerte. ¿O era el olor de la madera? Siguió percibiendo el mismo olor delicado mientras circulaban por la carretera, junto a los campos y el río. Era un día caluroso para la estación, con algunas volutas de niebla gris por encima del agua, y la nieve empezaba a derretirse ya en los recodos.» p. 74

«Laski dudó y tendió las manos hacia la tapa caliente de la estufa. -El bebé ha muerto- anunció. Ben se quedó mirando fijamente la zona de combustión de la estufa, en la que bailaban diminutas centellas. -¿Me ayudarás a enterrarlo?- preguntó Laski. -Tendrás que conseguir un número de concesión del cementerio- dijo el ermitaño mientras trataba de liar un cigarrillo al que se le desprendían hebras de tabaco por ambos lados. -Lo voy a enterrar en el bosque-. Ben dudó mientras miraba a Laski, al otro lado de la estufa. -¿Te han concedido permiso?-. -Todo está bien, Ben. Han rellenado el papeleo en el hospital, he dado tu nombre como testigo.- Volvió a fijar la mirada en la estufa. Qué asustados estamos, pensó, si hasta para enterrar a los nuestros necesitamos permiso del gobierno. -Me gustaría hacerlo a primera hora de la mañana-. -Ahí estaré- respondió Ben. Laski desanduvo el camino entre el túnel serpenteante de desechos para salir de nuevo a la nieve. El perro se le echó encima de un salto y le lamió la mano y Laski vio en los ojos oscuros de aquel collie toda la triste sabiduría de los perros.» p. 79

«Laski se vio de nuevo envuelto por el amor que sentía por el chiquillo que tenía delante, todo recortado. Tomó la mano derecha del bebé en la suya, separó sus deditos rígidos y miró la palma fría y diminuta. Los dedos se agarraron con firmeza a los suyos, con la rigidez de la muerte. Qué minúsculas son las uñas, y qué perfectas. Miró la cara de su hijo y vio que había experimentado una extraña transformación. Los rasgos habían madurado por completo, ahora tenía la cara de un hombre de muchos años, como si su único momento de vida, mientras la mano del médico le daba una vuelta, hubiera sido una vida entera, de principio a fin. El triunfo y la rabia, la pérdida y el beneficio, todo había desaparecido ya de su cara y los párpados cerrados irradiaban serenidad. -Qué precioso- dijo Diane, derramando sus lágrimas sobre la exquisita cabeza, esculpida con la finura de una estatua griega-. Luchó tanto para nacer… Entonces la arrastró el océano de la pena y se quebró en un llanto desatado, como el viento del mar que empuja a las olas a formar olas terribles. Y en esa tempestad flotaba con calma la cajita de pino, con su extraño pasajero, el infante que también era un viejo. Laski abrió un párpado del bebé y vio una joya ennegrecida, perdida en la hondura de la noche. Lo cerró y acercó la boca a su orejita para susurrar: -No tengas miedo.- Luego, mientras miraba la frente alta y los nobles párpados, mientras veía una vez más con toda claridad la sabiduría que atesoraban supo que aquel ser no necesitaba ningún consejo. Y se sintió mucho más joven que aquel infante que yacía ante él, aquel infante con la cabeza de un sabio anciano. -¡No ha llegado a vivir!- exclamó Diane, un aullido contra el viento del mar.» p. 84

En: «El nadador en el mar secreto», de William Kotzwinkle, editorial Nanova, 2014.

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