«No lograba conciliar el sueño. Estaba leyendo un manual sobre los nueve meses de embarazo, que tenía abierto sobre las rodillas. La lamparilla iluminaba la tinta de las páginas y los blancos entre las letras. Sucedió mientras pasaba del capítulo dedicado a la decimoquinta semana al de la decimosexta. Un tímido aleteo seguido de un par de golpecitos secos, decididos. Un mensaje inequívoco: Estoy aquí. Soy yo. Estoy aquí. Estoy dentro de ti. Entonces me subió, directo desde el vientre, un estremecimiento que me atravesó el estómago y se me disolvió en los ojos. Veía borrosas las palabras de la página. Deslicé los dedos sobre el camisón y me acaricié la barriga. Deseaba traspasar todos los confines, sacarlo del líquido amniótico sólo para poder presentarme ante él con mis limitaciones y debilidades, pero al mismo tiempo sabía que nunca podríamos estar más cerca el uno del otro que en ese momento. Y se lo dije en voz baja: Yo también estoy aquí.» p. 69

«Lo miro con pena, tal vez con horror. No por él. Por Lorenzo, por todos nosotros, por mí misma. Podría acabar pulverizada, machacada en una trituradora de carne, no me salvaría de ninguna manera, desde el momento en que no puedo salvar la vida que he engendrado. Cuidarla, defenderla y entregarla al mundo. Nos hemos perdido en la niebla. No tenemos ni idea de adónde vamos. No hay señales que nos indiquen la dirección, ninguna huella en el terreno. Sin embargo, tenemos el privilegio de escoger qué sendero desconocido tomar, por qué camino adentrarnos hacia la nada.» p. 77

«”Sal, Lorenzo. Por favor, demuéstrame que estos científicos están equivocados, que la ciencia misma está incurriendo en un error. Que te impondrás a la muerte, al dolor. Aprenderás a amar, te harás mayor. Tal vez incluso llegues a ser un genio de las matemáticas, la filosofía o el arte. Juntos superaremos los prejuicios, las adversidades. Trabajaremos por un mundo mejor.” Busco a Pietro. Le suplico con la mirada, le imploro. Pero él tiene un aire sombrío, de reprobación: “Si te ven indecisa, nos mandan a casa, Luce -me susurra en italiano-. Marina también lo dijo, no tenemos mucho tiempo.” “Sal, Lorenzo. Ven aquí fuera ahora. Demuéstrame que esto tiene sentido, que no has acabado dentro de mí debido a un error o una culpa, como una pena que cumplir, como una condena.” Miro de nuevo a Pietro, su semblante demudado por la angustia y la preocupación. Sus ojos también me hablan. Me dicen que no padecen de la misma miopía que yo, porque, a diferencia de los míos, ellos logran divisar el dolor en el horizonte, un río de dolor que se clava en los huesos y te hace maldecir el día que naciste. Pietro está suplicándome, sin abrir la boca. La vida no es siempre un regalo, está diciéndome, y tampoco un deber. Si ahora estamos aquí, significa que en cierto modo se nos ha brindado la posibilidad de elegir. Otro tipo de regalo, sí. Por absurdo que pueda parecer, el de una muerte sin agonía. Dejar que nuestro hijo se duerma sin haber visto otra cosa que el mundo dentro de mí.» p. 105

«Seguimos a Wilson por otro pasillo de paredes de un blanco cinc y atravesamos una segunda sala de espera, donde numerosas mujeres en estado consumen su tiempo en una hilera de sofás. Me siento incorpórea, me parece estar vadeando uno de esos ríos legendarios que separan a los vivos de los muertos, haber entrado en un lugar en que sólo quien comprende mi estado de ánimo puede verme realmente. Algunas de las mujeres presentes. Una en particular. Tiene ojos verdes y un pelo rubio recogido en una despeinada coleta. Su barriga es menos pronunciada que la mía. Hay algo en la manera en que ha colocado las manos -lejos del vientre, unidas sobre las rodillas-, en la contracción de la boca y los músculos de la cara. Algo que no puede explicarse con palabras. Sólo ella parece verme. Y, de repente, nuestros dolores se reconocen. Yo también he dejado de acariciarme la barriga. Soy empujada por anticipado a lo largo de un rígido recorrido de rehabilitación. Mi mente está tratando de ordenar a mi cuerpo la inversión de la ruta. Al igual que la suya, su mente, y la de todas las mujeres que están aquí para someterse a una interrupción. Hasta ahora los hemos alimentado, criado, ocultado al mundo. Ahora debe llegar, prematura y cruel, la separación.» p. 106

«No quiero ver nada, Pietro. Quiero que llegue la oscuridad y que engulla el cielo, todas las estrellas. Agárrame. Sí, así, lo más fuerte que puedas. No me sueltes; de lo contrario, el instinto se apodera de mí. El que hasta ayer me hacía cruzar la calle con más prudencia, con una mano sobre el vientre. El que me hacía comprobar las fechas de caducidad, los principios activos y los conservantes. El de protección. Tú no puedes sentirlo, Pietro, a pesar de que ahora estás llorando y tus lágrimas se unen a las mías. Me resbalan por el cuello, me mojan el pelo. No me sueltes. No sé si seré bastante fuerte. Quizá nunca lo he sido. Siempre lo dices: bajo esa coraza, no hay más que una niña. Y ahora no puedes sentir la aguja al entrar, como cuando me hicieron la amniocentesis. La misma pequeña punzada. Con la diferencia de que hoy Lorenzo patalea, es más grande, me da patadas. Un último aleteo. Tímido, incauto, como el primero que noté aquella noche luminosa. Luego, la nada.» p. 111

«Según una leyenda, en el líquido amniótico los niños son omniscientes: conocen el pasado, el presente, el futuro y cuanto hay que saber. Las lenguas, las tradiciones, los oficios, los peligros, las aventuras, la vida. Pero después, según cuentan, en el preciso instante del parto, un ángel borra al recién nacido el recuerdo de lo que ha aprendido por derecho divino. El esfuerzo para ser expulsado del cuerpo de la madre implica una caída metafísica, obliga a olvidar, y la rotura de aguas abre el paso que inmediatamente después vuelve a cerrarse. Así, en un único salta al mundo, queda anulada la infinita sapiencia acumulada en el vientre materno. Es una leyenda, un mito, una teoría filosófica. Y una explicación. Del diálogo que en siente meses he mantenido con mi hijo. Desde que empecé a hablarle, lo he hecho como si estuviera dirigiéndome a un ser fuera del tiempo que podría comprender, de modo intuitivo y absoluto, la naturaleza íntima de mis pensamientos. Como si no habitara sólo en mi cuerpo, sino también en mi alma. Y ahora que en lugar de sus pataditas, que a menudo consideraba respuestas, no hay sino un amasijo de carne inmóvil, me esfuerzo en anular también todo lo que he aprendido y en empezar otra vez desde el principio el lento camino hacia el conocimiento.» p. 115

«Esto agotada. Durante siete meses, mi cuerpo ha trabajado sin tregua, se ha deslomado para construir la vida célula a célula, tejido a tejido, pero tanto esfuerzo, ¿para qué? Para llegar aquí, a este infierno sin salida. Y a hora está cansado, tan cansado que es comprensible que el útero apenas se haya dilatado un centímetro. La doctora Rogers tiene expresión preocupada y un dedo metido en mi vagina. Dentro de unas horas será Navidad y ella acabará el turno e irá a casa de su familia. Si no me doy prisa en dilatar, no puede garantizarme su asistencia.» p. 121

«Ya no escribo, y si hojeo un periódico, no paso de los titulares. Parece que haya perdido la capacidad cognitiva a todos los niveles. Me olvido de las cosas, salgo sin documentación, no memorizo los nombres ni los compromisos. Nos alimentamos de precocinados o platos comprado en la tienda de al lado de casa. El frigorífico está siempre vacío, también la despensa. La cocina, esa preciosa cocina superequipada que me ha visto experimentar recetas nuevas y preparar cenas para mis amigos, ahora está inutilizada. Me paso la mayor parte del tiempo ante el ordenador, a escondidas de Pietro. Ya han transcurrido dos meses, se acerca la fecha prevista para el parto. Pero para mí todavía es diciembre. Proyecto las escenas de la enfermedad de Lorenzo ante mis ojos, como si, reviviéndolas, pudieran desvelar un final distinto: el diagnóstico en la consulta de la doctora Paggi, el encuentro con Piazza, la píldora de Wilson, los fotogramas que han pautado nuestro descenso a los infiernos.» p. 182

«Y entretanto, mientras poso en ella mis ojos errabundos y orgullosos, me pregunto también cómo puedo sentir una carencia tan devoradora, tan visceral, igual que si me hubieran arrancado a mordiscos un miembro para dejarme destrozada y chorreante al borde de un precipicio, sin una forma armónica, un pensamiento completo, cómo puede sentirse una carencia así por alguien a quien no se ha conocido» p. 198

«El perro de los vecinos cruza el patio sin ladrar. Restriega el hocico contra el dorso de mi mano. El peso de sus costados hirsutos empuja mis rodillas. Dejo abierta la puerta del edificio, pero él se queda parado. Moviendo la cola, aguarda la llegada de su amo. Tiene un aire feliz. El aire feliz de un niño que no crece. Si mi mirada se detiene en sus ojos redondos y expresivos, aumenta el ritmo de las oscilaciones de su cola. Normalmente sólo sale a esta hora y por la mañana temprano. Ha aprendido a conformarse con un par de horas de luz diarias. A adaptarse a los ritmos de quien le llena el comedero y no le escatima unas caricias. Y no se hace preguntas. Vive en un eterno presente, sin ninguna percepción del final. El estado mental que Borges, en uno de sus relatos, llama “inmortalidad”. Lo miro y pienso en las veces que su aire bonachón y despreocupado suscitó mi envidia, a la manera en que puede envidiarse la paz de un niño. En la historia de la evolución, en un momento dado cambiamos nuestro instinto primordial por una cabeza pensante. Pero sin tener en cuenta qué podría exigir. O lo que sufriría a falta de respuestas.» p. 224

«No sé cómo ha sucedido, pero en cierto momento, donde antes sólo existía la oscuridad que dejó Lorenzo, poco a poco despuntó de nuevo la luz. Los colores surgieron otra vez, volvió a ser una casa viva. Una casa habitada. Ha sido, sobre todo, mérito de Pietro. Un día trajo una planta, otro, colgó cuadros de las paredes. Y al siguiente, compró mueblas, sillas, cojines y muchos utensilios y electrodomésticos para que volviera a sentirme útil. Ahora siempre hay flores en los alféizares y en el centro de la mesa del comedor. Cortinas de colores en todas habitaciones y sábanas limpias en el dormitorio. Hasta un equipo de música que encendemos por la noche. Pietro ha sido el primero en entrar en esta casa renacida. Ahora, poco a poco, haré sitio al resto del mundo.» p. 251

En: «Nadie sabe de nosotros» de Simona Sparaco. Editorial Salamandra, 2014.

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