LA REALIDAD DE LOS ABORTOS EN ESPAÑA

Cuando lo vi escrito en el informe de urgencias, “aborto diferido”, solo me vino a la cabeza Luis Bárcenas y su indemnización en diferido. No conocía ese término en este contexto, pero déjenme contarles lo que esconde este eufemismo médico, una realidad de la que nadie habla y que no es otra que el aborto en la España de los recortes en sanidad.

La pauta es, según tengo entendido -y si no es así, por favor que alguien me corrija-, la misma en todos los hospitales públicos de todas las Comunidades Autónomas. Si una mujer quiere abortar por la razón que sea, o se ve obligada a hacerlo de urgencia por algún problema en su embarazo, se le suministran unas pastillas vaginales llamadas Misofar y se la envía a casa con las siguientes indicaciones: “Colóquese en el interior de la vagina dos pastillas a las 8 de la tarde, tres a las 12 de la noche y otras tres a las 6 de la mañana. Tendrá como una regla fuerte, si tiene dolor tómese estos viales de Nolotil. Vuelva por la mañana en ayunas por si fuera necesario hacerle un legrado”. Una explicación lacónica, aséptica y totalmente deshumanizada a la que una asiste ojiplática sin acabar de creerse que su embarazo ha terminado de golpe y porrazo.

Mi caso era el segundo: aborto de urgencia por un problema en mi embarazo. A las 16 semanas de gestación, y durante una ecografía, el ginecólogo vio que mi bebé “no tenía latido” y que el embarazo “había parado” probablemente poco después de la semana 13. Otros dos eufemismos médicos para evitar decir que mi bebé estaba muerto y que llevaba muerto dentro de mí varias semanas. Algo mucho más común de lo que creemos. Fui inmediatamente enviada a urgencias, o lo que es lo mismo, sacada del sistema. A partir de ese momento dejo de tener acceso a mis ginecólogos habituales, nadie avisa a mi matrona de lo ocurrido. Dejo de ser una paciente embarazada. Ahora sólo soy un número, una estadística; y como tal, me tratan en Urgencias Ginecológicas del Hospital Clínico de Valencia, donde, estando de 16 semanas de gestación, un doctor con la empatía de una ameba me envía a casa a abortar con unas pastillas y un botecito “por si quiero guardar una muestra para que me la analicen”. Y yo, sumisa, obediente, ignorante y en estado de shock, me marcho con las instrucciones sin querer creer lo que mi sentido común intenta transmitirme: que no va a ser como una regla fuerte, que deberían ingresarme, que voy a dilatar con contracciones de parto provocadas por la medicación para expulsar un feto que ya tiene el tamaño de un limón, seguido de la placenta y el endometrio. Y que todo esto va a suceder esa misma noche en el wáter de mi casa con la única ayuda de mi pareja que, por supuesto, no es médico. Si a estas alturas del relato no se les han puesto los pelos de punta, esperen a saber el resto.

El calvario duró aproximadamente 12 horas. Al principio parecía una regla, dolorosa, eso sí, hasta que apareció mi bebé, un feto, repito, del tamaño y consistencia de un limón al que, literalmente, parí en el wáter y tuve que separar de mí cortando el cordón umbilical con mis propias manos -sin tijeras- cubiertas con los guantes de fregar, para después tirar de la cisterna con la intención de proteger a mi pareja -y a mí misma- de la visión de su futuro hijo muerto. Y para entonces aún no eran ni las 12 de la noche. Las siguientes 10 horas consistieron en sufrir dolorosas contracciones y ganas de empujar, y expulsar coágulos de placenta hasta la extenuación. Finalmente, a las 10 de la mañana, mi pareja y yo tomamos un taxi al hospital, tal y como me habían indicado. Al llegar, en ayunas, al borde del desmayo y en un estado verdaderamente lamentable, me atendieron dos doctoras muy jóvenes, probablemente residentes, que no eran capaces de mirarme a la cara mientras les relataba mi terrorífica experiencia la noche anterior. Tampoco supieron darme una respuesta cuando les pregunté si lo que me había pasado era normal, ni tratarme como a un ser humano. Una de ellas me realizó una ecografía cuyo diagnóstico fue que ya lo había expulsado prácticamente todo, excepto un poco de endometrio. Yo le insistí en si no sería conveniente un legrado, a lo que me contestó que podría expulsarlo con medicación, mandándome unas gotas para continuar dilatando y diciéndome que volviera en 5 días. Ésa es la pauta, evitar los legrados en la medida de lo posible. Porque dañan el útero, dicen ellos; porque se ahorran una operación y un ingreso, sospecho yo.

Así que 5 días después, volví a urgencias pensando que mi pesadilla habría terminado por fin, pero la doctora de guardia que me reconoció vio que mi endometrio medía 17 mm.-cuando lo normal no son más de 10 mm.-, lo que la llevó a ingresarme ipso facto para realizarme un legrado.

Escribí esto dos días después de la operación, desde la cama donde me recuperaba de la peor semana de mi vida. Y aún hoy, habiendo pasado cinco años de aquello, con una hija de cuatro años y un hijo a tres semanas de nacer, me pregunto porqué me hicieron pasar por una experiencia aún más traumática que la de perder un embarazo deseado. Porqué no me ingresaron ni me hicieron un legrado inmediatamente después del aborto, y qué riesgos habré corrido por el hecho de que una doctora sin experiencia me enviase a casa diciéndome que tenía el útero prácticamente limpio, cuando no era cierto.

Señores, esta es la pesadilla del Misofar, la realidad de los abortos en la Sanidad Pública, Lo sé porque esperando a ser operada coincidí con otras chicas a las que también se les había aplicado el aborto diferido que había acabado en legrado. Lo sé, porque cuando empiezas a comentar tu caso con otras mujeres, salen abortos con Misofar de debajo de las piedras. Por eso llamo a la desobediencia civil, para que nunca más una mujer sea enviada a su casa en estado de shock con un botecito y unas pastillas. Exijamos nuestro derecho a ser ingresadas, a tener un aborto asistido, a ser acompañadas en este doloroso proceso y a ahorrarnos la visión, imposible de olvidar, del que iba a ser nuestro hijo, muerto yéndose por la taza del w.c. Porque ESO, señores y señoras, se queda grabado a fuego en la memoria por más que pasen los años y lleguen otros embarazos y otros hijos sanos.

Atémonos a la silla de urgencias si es necesario para negarnos a sufrir un solo aborto en diferido más en casa.

One thought to “Yo aborté en diferido”

  • Lola

    Bueno querida madre, por la parte que me toca de profesional siento mucho lo que te paso. Tan es así, que leyendo tu relato se me ha abierto el pecho, pq he sentido tu dolor, miedo, desgarro y consternación…espero q tu escrito sirva para abrir conciencias y a no dejar q una madre tenga q cortar el cordón umbilical de su hijo nuerto con sus propias manos y verlo desaparecer por el desagüe del WC…
    Millones dd besos nutritivos y siento mucho tu dolor

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