Este libro está dirigido a las pérdidas gestacionales, aunque su contenido también puede resultar útil en pérdidas perinatales.

Estos son algunos pasajes del libro:

«Una vivencia devastadora azota la vida de la pareja. Algo tan doloroso y duro que provoca una crisis existencial profunda y real de la que no se sale igual que se entró. Hace falta tiempo para poder recolocar los trocitos de alma que se rompieron, como quien intenta armar de nuevo los mil pedazos de loza del caro jarrón que se rompió. Se podrán reunir las piezas, pero quedarán huecos, surcos, filigranas de pegamento que dejarán constancia del trabajo realizado y de lo que ya no está.» pp. 20-21

«Para sanar el dolor es necesario ir al centro, al lugar donde más duele y dejar que sean las lágrimas las que desinfecten y curen la herida.» p. 23

«Si el puerperio como etapa en el ciclo psicosexual y emocional de la mujer está en general desvalorizado, si no hay bebé, ni siquiera se tiene en cuenta. (…) El puerperio es una época especial en la vida de una madre, tanto si tiene a su bebé en brazos como si no. No está loca; es una mujer llena de amor hacia su bebé. Si una mujer recibió tras su parto un bebé sano, puede parecer hasta desequilibrada a ojos de quien no entiende cómo vive este periodo. ¿Qué parecería la que, además de la necesidad de abrazar a su bebé, tiene que elaborar el duelo por su pérdida?» p. 29 y 31

«Teniendo en cuenta la posibilidad de que suceda, todas las madres que se encuentren en la vivencia de una pérdida deberían ser avisadas de la posibilidad de una subida de leche y de las diversas maneras de actuar ante ello. Informar de las distintas posibilidades de manejo de la lactogénesis II en caso de fallecimiento del bebé en formación y que la mujer decida cómo quiere proceder: cortando la leche farmacológicamente o de manera natural, fisiológica, como en un destete forzoso; de manera paulatina, respetando los tiempos, como tantas madres expresan desear en la encuesta… Esta leche que «sale sola», como expresan algunas mamás, podría destinarse a bancos de leche, a otros bebés, o a la misma madre para facilitar su recuperación, tal y como hacen uso de ella otras culturas por sus propiedades curativas para los adultos. ¡Se encuentra tan infravalorado este llamado «oro blanco» que es la leche humana para los propios humanos…!» pp. 34-35

«¿Es que tiene más peso el dolor de una madre que el de otra? ¿Se puede medir el dolor? ¿Existe acaso el «dolorímetro» que diga que, efectivamente, el dolor de esta madre es mayor que el de esta otra porque su hijo llevaba más tiempo en su vientre o en su vida? A cada uno le duele su propio dolor, y sí, para uno mismo, el dolor del otro duele menos, aunque la tragedia pueda ser mayor. No se puede decir «Eso no es nada, lo mío fue peor», porque no sabes cómo vive la pérdida esa persona, cómo ha sido su historia previa de pérdidas y, sobre todo, porque como persona tiene derecho a sentir dolor y a vivir su propio duelo por su hijo perdido al que no va a conocer, del que no va a tener una forma para recordar ni un rostro con el que soñar por las noches.» p. 42

«Nuestra sociedad es, fundamentalmente, negadora. Como sociedad estamos bloqueados en esta fase del duelo: la negación. Tal vez una sociedad que viene de dos guerras civiles que tuvo que despedirse de tantos familiares y amigos que murieron, que tuvieron que superar también económicamente una posguerra y ser todo lo prosaicos que el hambre te obliga a ser todavía no ha tenido tiempo de mirar a nivel emocional cómo se encuentra cuando se topa cara a cara con la muerte de un ser querido. Y aún más, cuando el que fallece es un pequeño ser que aún no tenía siquiera estatus de persona.» p. 44

«Es importante tener paciencia con una misma porque el duelo es todo un proceso con sus altos y sus bajos. Aceptar los días buenos y los malos, las recaídas. Darse tiempo. Dejar salir lo que se sienta sin oponer resistencia. Si un día se está triste, aceptar esa tristeza y vivirla y expresarla según cada necesidad. Si dejamos salir las emociones tienen la posibilidad de evaporarse; si se encierran dentro en un intento de silenciarlas, sucederá todo lo contrario.» p. 50

«Felicitarse por cada logro, grande o pequeño, por cualquier avance, felicitarse siempre; una autopalmadita en la espalda, una sonrisa en el espejo. Puede que cada mes o en cada aniversario de la pérdida una mujer se recluya en casa, reviva el dolor como el primer día, hasta que llegue un día que decida salir, vestida con colores bien alegres, y es importante que se felicite por ello. ¡Sabe bien el esfuerzo que representa!» p. 50

«En su libro Mujeres que corren con los lobos, Clarissa Pinkola Estés habla sobre el poder sanador de las lágrimas: «Hay veces que en la vida de una mujer ésta llora sin cesar, y aunque cuente con el apoyo y la ayuda de sus seres queridos, no puede dejar de llorar (…) Las lágrimas sirven para remedar los desgarros de la psique. La situación es muy grave, pero lo peor no llega a producirse porque las lágrimas nos otorgan la consciencia. No hay posibilidad de que nos quedemos dormidas cuando lloramos. Y el sueño se produce tan sólo para el descanso del cuerpo (…) A veces una mujer dice: `Estoy harta de llorar, estoy hasta la coronilla, quiero detenerme’. Pero es su alma la que derrama lágrimas y éstas son su protección. Por consiguiente, tiene que seguir haciéndolo hasta que termina su necesidad. Algunas mujeres se asombran de la cantidad de agua que puede producir su cuerpo cuando lloran. Eso no dura eternamente, sólo hasta que el alma termina de expresarse de esta sabia manera.» pp. 50-51

«El tiempo de introspección, de reflexión, es necesario y de gran ayuda porque la fuerza de la recuperación está en el interior de cada una, y es allí donde se va a buscar con el recogimiento que implica todo duelo. Vivir a fondo un sufrimiento es la mejor forma de poder salir de él.» p. 52

«Hay que tener en cuenta lo que entendemos por duelo «normal»; no existe un guión preestablecido de qué es o cómo debe transitarse un duelo. Diversos autores han descrito fases o altos en el camino que en ningún caso deben tomarse como algo fijo que debe ser así «porque sí». Hay tantos duelos normales como personas, pues cada uno le añadirá su particularidad personal que lo hará único e intransferible.» pp. 55-56

«Solemos hablar aquí del «Síndrome del culo escocido»: da igual qué bragas te pongas, no importa que sean de esparto, de algodón, de seda, de lana… lo que tienes es un culo escocido que te va a doler igualmente hagas lo que hagas. En las relaciones de pareja se ve mucho este fenómeno: el marido se queja de que haga lo que haga la mujer siempre está enfadada, ninguna atención la contenta ni nada de lo que él haga la satisface. Porque el problema no está en él, sino en ella, que le escuece el alma y nada de lo que nadie haga va a servir para aliviársela porque sólo ella tiene la solución, en el fondo de su ser.» pp. 59-60

«Hay otra característica de la ira en esta etapa que se da en casi todas las muertes de seres queridos y que es fuente de una profunda culpa: es estar enfadado con el muerto. Una madre puede enfadarse con su hijo por dejarla, por no haberse quedado y hacer realidad ese proyecto de vida hermoso que tenían. El que se queda, queda desconsolado y con mil preguntas sin respuesta. La ira contra la persona que se ha ido, en este caso contra el bebé, es perfectamente sana. Sacarla fuera y verbalizarla no le hará ningún mal al pequeño, y para los padres será un pasaporte seguro hacia la salud mental y emocional.» p. 60

«Puede ocurrir que al duelo del hijo perdido se una el duelo por aquellas personas cercanas que no han sido capaces de conectar con los dolientes, inmersos en su propia incapacidad de vivir el dolor y la negación del mismo. Se pueden producir situaciones que despiertan rabia por la incomprensión, por las palabras bienintencionadas que hieren en lo más hondo, por el vacío y el silencio que se produce como si no hubiera ocurrido nada. Se suele recomendar no frecuentar personas que no aportan nada positivo, lo que puede resultar difícil cuando se trata de la propia familia.» p. 61

«El tiempo no lo cura todo, pero da la perspectiva suficiente como para verlo todo desde la distancia. De repente un día te da por llorar, sacas tu caja de recuerdos y te deshaces en lágrimas por lo que pudo ser y no fue. Y es que tal vez en ese primer año no te diste el permiso para llorar porque bastante tenías con sobrevivir y simplemente inhalar aire, una bocanada tras otra. Descubres que el transcurso del tiempo ha sido necesario para descubrir precisamente lo que reconforta el llanto.» p. 67

«Socialmente se espera que pasado un año, dos o más la persona ya haya superado su dolor o al menos lo tenga bien sujeto y a raya. Estos aniversarios se viven mucho desde la soledad, pues generalmente el resto de la familia ya pasó página hace tiempo. Son dolorosos de por sí, y más porque se reviven de nuevo los sentimientos de soledad y aislamiento que rodearon a la pérdida del bebé por el poco apoyo social y familiar que muchos padres padecen.» p. 68

«Un profesional no hará que el duelo desaparezca, pero sí nos ayudará a transitarlo de manera más consciente. También los grupos terapéuticos, presenciales u online, son un gran soporte emocional para estos padres. Ver cómo otros ya transitaron el camino por delante y comprobar que «no murieron en el intento» supone un punto de esperanza.» p. 68

«Nuestra sociedad no ayuda a que el duelo sea correctamente transitado. La introspección no está bien vista, aunque esto está cambiando en determinados grupos sociales. Vivimos bajo el dominio del consumismo, y éste no siempre es favorable al trabajo que nos ocupa: pastillas tranquilizantes, antidepresivos, invitaciones a las actividades de evasión (viajes, fiestas, alcohol…).» p. 69

«El duelo es un camino de aprendizaje, de iniciación, una oportunidad que nos da la vida para desperezarnos y recuperar nuestra naturaleza salvaje, nuestra fuerza, la diosa arquetípica que habita dentro de cada una. Si no aprendemos en la primera vuelta, se nos darán todas las oportunidades que necesitemos, según nuestros tiempos de aprendizaje.» p. 69

«En algunas culturas africanas, se acompaña a la madre y a la familia en su dolor; puede experimentar la pena, expresarla y sentirse comprendida y acompañada por su entorno. Es un ritual facilitador. La cultura occidental inhibe a la madre de esta expresión que a veces queda retenida pro años en su interior y sale a la superficie en momentos vitales especialmente duros y sí validados, porque es una tarea pendiente de la psique que aprovecha cualquier «excusa» potente para manifestarse. cuanto más potente sea la «excusa», más va a aprovechar para salir de su escondite forzado, acompañando lo que sí se puede llorar.» p. 71

«Pero lo cierto es que «la de siempre» ya no volverá, porque después de una vivencia de esta índole, la que una era también muere, y con ella la vida tal y como se conocía. Pedir a alguien que vuelva a ser la de siempre es un intento por parte del resto de no crecer, de no evolucionar a partir de un hecho, que por mucho que se quiera negar, es real. Porque, no es que «la que era» se haya ido a ningún sitio, sino que «la que hay» ha cambiado, se ha ampliado, es distinta porque «ha crecido». A esta manera de afrontar la vida y las dificultades se le llama resiliencia.» p. 83

«La culpa es otro mecanismo de defensa que la psique tiene para evitar enfrentarse al crudo dolor cuando aún no se está preparado para afrontarlo. Pero no es bueno dejar a la persona sumida en la culpa mucho tiempo, porque se olvidará de transitar su camino y acabará sintiendo que es mejor la culpa que seguir trabajando sus conflictos para continuar. (…) Otra manera de racionalizar la culpa es enfrentar ala persona al siguiente razonamiento: uno es responsable de un acto si tuvo poder para cambiar algo.» p. 86-87

«Un proceso de duelo es un proceso «normal»: no es ni una enfermedad ni un trastorno, y, como tal, no precisa de tratamiento médico o psicológico. Pero sabemos que el acompañamiento al duelo beneficia tanto a la mujer como a su pareja y/o familia.» p. 93

En: «Las voces olvidadas», de Mónica Álvarez, M. Àngels Claramunt, Laura G. Carrascosa, Cristina Silvente. Editorial OB STARE. 2014 (2ª edición revisada y aumentada).

4 thoughts to “Las voces olvidadas

  • Natalia

    Me alegro que vuelvas a escribir… te necesito tanto 😞… me siento perdida… literalmente perdida, echando tanto de menos a mi hijo que ya no se que quiero ni que soy

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    • Laura Shjol

      Natalia, aunque estés asustada, no estás sola. Eso es seguro.
      Habrá días mucho peores que otros, habrá algún día en que tengas algo de paz. Aprovecha entonces para coger aire, luego sigue luchando por mantenerte a flote.
      Ahora, en medio de la tormenta, es difícil saber dónde estas, cuando ni siquiera se puede distinguir la línea del horizonte en el caos. Así que sólo esfuérzate por sobrevivir. No importa mucho ahora quién eres o hacia dónde te diriges, lo que importa es que, a pesar de todo, vas a vivir.
      Esta misma tormenta que ahora te tiene perdida y que parece que te va a hundir, será la que al final te conduzca a tierra firme. Sucederá antes o después, cesará. Tiempo habrá entonces para preguntarte quién eres y dónde estás. Y serás una persona nueva, por construirse, y estarás en un lugar por descubrir. Pero ya llegará el momento para esas respuestas. Ahora es mejor concentrarte en mantenerte a flote y en respirar hondo, cuando puedas.
      No vas a estar sola en ningún momento, estará la mano de quienes te acompañamos, para sujetarte bien fuerte, aún cuando la tormenta se vuelta tan cerrada y oscura que parezca engullirte sin remedio.
      Esto lo escribí un día en el que me sentía tan perdida como creo que te sientes tú ahora: “Estoy furiosa contigo, ¿por qué te has ido?” https://www.heperdidoamibebe.me/articulo/847

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  • Mamá tortuga

    Hola, Natalia, cariño, como te dice Laura, que nos lleva ventaja temporal y que ha analizado el duelo con más profundidad que los psicólogos que escriben los manuales de autoayuda, esto pasará. Te lo digo yo que no encuentro ningún sentido a nada, que me veo perdida, que mi último dilema es si dejar de vivir o dejar de salir, porque cada vez se me hace más duro intentar llevar una vida normal, al menos en el sitio donde vivo. Pero sé que el instinto de supervivencia es tan fuerte que al final acabamos sobreponiéndonos a todo, porque les ha pasado a las demás y nos ha pasado, aunque con nada comparable a esto. Yo, a mis 101 días, sigo viviendo no ya día a día, sino tramo a tramo: cómo echar la mañana, la tarde y la noche, poco a poco, con la mirada a 45º del suelo, viendo tan solo un poquito del suelo que piso y el paso siguiente, sin aspirar a más. Y al menos en mi horizonte, y en el tuyo, están nuestros otros hijos que nos necesitan y le dan un sentido a que sigamos vivas. Cuando me planteo morirme, siempre pienso que ya me he perdido la vida de mi hija, pero no quiero perderme las de los dos, al menos disfrutar lo que pueda de él. Pero sin sentirme culpable de estar mal, cada una hace lo que puede en cada momento, y esto es la vida.
    Por eso sí creo que es cuestión de tiempo, además de cómo gestiones ese tiempo. No sé si vas a terapia o a algún grupo de apoyo, para mí han sido fundamentales ambas ayudas. Mi duelo peculiar se enrevesó con otros duelos previos y podría haberse complicado más, y siento que gracias a haber dado con una psicóloga sensible, intuitiva, inteligente, he podido ir encauzándolo por un camino más soportable. Cuando me venían momentos de desesperación, de rabia, de dudas, me tenido su apoyo para reconducir esos sentimientos, sabiendo en todo momento que había que pasar por esto, que es lo que toca, pero que en algún momento pasará y se hará más llevadero. Yo creo que es la única esperanza que se puede tener.
    Y un grupo de apoyo, otras madres que hayan pasado por esto. No sé dónde vives, pero seguro que cerca hay alguno, si quieres te lo busco. Yo vivo en un sitio muy pequeño, pero he encontrado dos, uno cerca y otro un poquillo más lejos, pero ahí voy disciplinadamente a las reuniones.
    Y yo que ni siquiera busco esa esperanza de que hay otra vida, ni la quiero, sé que al final la biología se impone y volvemos a vivir y a confiar y a planificar, aún a nuestro pesar.

    Este es un vídeo muy gráfico que explica el modo en que el duelo queda integrado en la vida:
    https://www.facebook.com/bbciplayer/videos/2168915343327846/

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  • Natalia

    Gracias a las dos, es muy significativo para mi saber que estáis ahí, luchando como yo.
    Últimamente durante el día recuerdo a mi hijo como un sueño, como si me hubiese inventado su existencia… como si no fuera verdad que le amamante, le bañe y le cambie el pañal… es todo confuso y extraño. Sin embargo por las noches recuerdo su cara y su cuerpo como si pudiera tocarlo, la importancia me invade y me da tanta rabia, quiero llorar (y lo hago) pero en general me comporto como si ya lo hubiese superado.
    Veo a las madres con los carritos y pienso porque no tuve yo esa suerte, es tan fácil para casi todas tener hijos… porque yo he sido tan mala madre de no haberme dado cuenta de la enfermedad a tiempo y pasar de los médicos! En fin, con respecto a la terapia, ahora voy a un sicólogo… no creo estar preparada para ir a un grupo, no obstante lo pensaré porque si os ha servido a vosotras, quizá a mí también.

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